Septiembre es uno de los dos meses del año, junto con enero, en el que muchos arrancan cargados de buenos propósitos con mayor o menor suerte. Apuntarse al gimnasio, hacer dieta, dejar de fumar, aprender idiomas y... volver a la oficina. En la vida, los cambios muchas veces van ligados a los ciclos, y el fin de las vacaciones de verano es un momento ideal para hacer borrón y cuenta nueva y dar paso a nuevas realidades. Una de ellas es el paulatino regreso a la presencialidad laboral después de año y medio de pandemia. El coronavirus trajo de golpe, con fuerza y a la fuerza el teletrabajo a nuestras vidas. Hasta ese momento era únicamente una modalidad que sabíamos que existía pero que la mayoría no habíamos tenido la suerte o la desgracia de catar. En 2019, apenas el 5% de los españolas teletrabajaba. Desde marzo de 2020 el teletrabajo en España ha ido de más a menos. La nueva normalidad se ha ido implantando con el retroceso de la pandemia, pese a las sucesivas olas, desinflando la burbuja del teletrabajo, aunque sin pincharla.

Según la última Encuesta de Población Activa (EPA), el número de teletrabajadores ha caído al cierre del segundo trimestre hasta los 1,8 millones de personas, frente a los 2,1 millones del primer trimestre y el pico de 3 millones de junio de 2020, cuando el teletrabajo alcanzó su apogeo en España. Incluso ha sido necesaria una ley de teletrabajo, que entró en vigor en julio pero que no contenta a las empresas, que la tachan de imprecisa. Así, aproximadamente uno de cada diez trabajadores ejerce su empleo desde su propio domicilio. O mejor dicho, desde fuera de su lugar habitual de trabajo, pues si algo nos ha enseñado la pandemia es que con un ordenador portátil y conexión a internet (con un simple smartphone es suficiente) se puede trabajar desde los sitios más insospechados: un parque, la playa o incluso el coche. Cualquier sitio es bueno para plantar la «oficina móvil».

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