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23 de Septiembre de 2013 | Categoría:
Si El Fary levantara la cabeza. Acaba de pasar sin pena ni gloria el cincuenta aniversario de un invento que revolucionó el mundo musical de manera comparable al MP3. El artilugio que democratizó a artistas y estilos, que convirtió los asientos traseros del Simca 1000 en un nido de amor de alta fidelidad (en el sonido, se entiende), que amenizó la vida a viajantes y camioneros, que forjó fenómenos del más allá como el dúo Juanito Navarro y Simón Cabido, que consumó amores a golpe de esmeradas grabaciones domésticas y que, finalmente, extendió el pop y el rock a los límites de lo inabarcable.
Sí, la casete ha cumplido medio siglo de vida. Aunque lo haya hecho sin El Fary, prácticamente en silencio y colocada junto a los dinosaurios y Chanquete en el capítulo de periodos extintos de la Historia. Y, sin embargo, la industria de la música y del sonido no sería hoy lo que es sin aquellas cintas que la casa Philips presentó en una emisión radiofónica durante una feria en Berlín entre finales de agosto y principios de septiembre de 1963.
Su impacto fue inmediato y masivo. Como el tupé. En 1964, la fábrica holandesa comenzó a producir casetes a escala industrial. En 1965 se convirtió en el soporte de grabaciones musicales. Los cielos acababan de abrirse: frente al vinilo, escuchar a un artista no requería ya de tocadiscos, pantallas ni grandes equipos de mesa. Podías llevarte a Led Zeppelin o la banda sonora de Sandokán al coche. Acallar a la suegra, Rockear a la altura de Saltacaballos. Emocionarte con ‘El hombre del 600’ en un Seiscientos. La casete era fácil de transportar y lo suficientemente barata como para entrar en todas las casas. Numerosos grupos americanos e ingleses de rock se popularizaron en España gracias a las ventajas –si no sónicas, sí de distribución– que ofrecían estos pequeños artilugios, que dieron una nueva dimensión a los bolis Bic: la de rebobinar a mano.
Y más cuando a finales de esa década empezaron a comercializarse las cintas vírgenes. Cualquiera podía fabricarse ya en la mesa del comedor su propio ‘grandes éxitos’. Y regalarle a la pareja un surtido de baladas de Air Supply, Chicago, Bangles y Roque Narvaja capaz de derretir los corazones; esas cintas llenas de sentimiento que aparecen años después en una mudanza y destrozan los hijos surgidos de una relación posterior mientras se piensa: "Ah, sí, Pablo. Seguro que ya está calvo".
Pero el éxito es efímero. Fíjense en ‘La Ramona’ de Fernando Esteso o las magnas grabaciones de los hermanos Calatrava, tan triunfantes en su momento como dignas después de amenizar el cumpleaños de un troll. La casete alcanzó la cúspide de su popularidad con la irrupción del walkman en 1979 y entró en barrena a principios de los 90 con la llegada del cedé. Pero, cuidado, en esa década aún se vendían más de 2.000 millones de unidades anuales en todo el planeta.
El expositor del surtidor
Y parte de ese éxito es debido, claro está, a las gasolineras. Nada era más mágico en los 70 y los 80 que tomarse la Mirinda y el bocadillo de tortilla viendo el expositor del bar del surtidor, donde se asomaban, siempre sonrientes como si el olor a faria y refrito fueran lo más, Juan Pardo, Abba y Rocío Durcal, aparte de los mix estivales de la casa Epic. Y El Fary. En homenaje a ese comercio nunca bien valorado, he aquí algunos de los incunables de la época dorada de la casete de gasolinera.
Súper 98. ‘Como un gigante’, de El Fary. Ariola editó en 1984 este trabajo del indiscutible rey de la carretera. Seguro que Torrente la conoce. Estuvo en el top ten de Campsa durante años. Como la mayoría de los discos que grabó ‘El Farina de Ventas’. Otros intérpretes le siguieron a la zaga entre los artistas más cotizados por los automovilistas fueron Julio Iglesias, José Luis Perales, José Luis Rodríguez, ‘El Puma’, y Rocío Jurado, sin olvidar el ‘Vino griego’ de José Vélez, cantante canario que siempre aparecía sonriente aunque afuera granizara o hubieras perdido el autobús a Lerma. La sonrisa de Vélez siempre te esperaba en el interior como una reconfortante chimenea en una noche de invierno.
Súper 95. El auge de la rumba arrolló en los expositores de los bares de carretera. Con algo menos de octanaje que El Fary, Los Chunguitos y Los Chichos dieron un aire canalla a las gasolineras. Salías del ‘Seat 1430’, te ajustabas los pantalones de campana, pedías ‘Contra la pared’ de Los Chunguitos y el camarero te daba la recaudación del día sin rechistar. Qué tiempos. En la categoría súper reinaban dos mujeres: Paloma San Basilio, de quién comprabas la casete sin mirar las canciones porque en realidad te gustaba ella, y Raffaella Carra, con la que devorabas los kilómetros sin sentido y con una mujer en el armario.
Sin plomo. No todo era hard rumba en los surtidores. Las canciones desenfadadas y los recopilatorios copaban gran parte de la oferta, además de las versiones ‘en español’ de éxitos internacionales realizadas por anónimos músicos de estudio o que, como en el caso de Manolo García, hacían sus primeros pinitos en el artisteo. A destacar en este jolgorio la Pequeña Compañía, que tuvo su momento de esplendor gracias a sus pupurris de boleros y clásicos populares, y las inefables canciones del verano. Nunca los atascos en ruta hacia la playa hubieran tenido el mismo aire festivo sin Georgie Dann y Luis Aguilé, quien, además de finalista del Premio Planeta, fue el intérprete del primer hit estival en España, ‘Dile’.
Diésel. Los Pecos, Camilo Sexto, Juan Pardo, Pablo Abraira y Joan Baptista Humet conformaban el ‘lobby’ melódico por excelencia de los expositores de gasolinera. Cuando éstos empezaron a ser dobles, ellos ocupaban una cara mientras la opuesta se dedicaba a Los Rebeldes, Loquillo y Ramoncín. Se trataba de un ‘lobby’ intergeneracional. Camilo Sexto y Juan Pardo constituían la opción perfecta para los viajes largos en familia. Los Pecos, bueno, eran más para el hierbín. Y Humet. Amigos, Humet fue el gran cantautor de toda una generación. La enésima potencia. El hombre que hacía soñar en que detrás de la siguiente curva aparecería un mundo mejor y más noble.
Peligro. Productos inflamables. ¿Es legal y seguro colocar a Regina Do Santos al lado del aceite para motor? Parece que sí. En todo buen expositor no podía faltar el ‘hit parade’ de la paella musical, casetes que te hacían pensar en si la Guardia Civil te detendría al verlas en el salpicadero. O si la chica con la que te ibas de finde a Llanes se bajaría del coche al encontrar las cintas de Arévalo en la guantera.
Aparte de la mencionada cantante brasileña, que llenó los surtidores de humanidad y el asfalto de camioneros felices con pelotazos como la ‘Lambada’ o ‘Un cuerpo Danone’, hubo otros éxitos dignos de pasar por el autolavado. Atención a los títulos de corte social en la libérrima España de los 80: ‘Me fumao un canuto’, de Toni el Gitano; ‘Saca la mano, Mariano’, de la tórrida y minifaldera bolerista mexicana Patricia Santos, también conocida como ‘la tumba hombres’ y promotora de los mensajes subliminares en el mundo de la canción; y el ‘top one’ que nunca hay que escuchar de camino a una concentración de familias organizada por Rouco Varela, ‘Madre, soy cristiano y homosexual’, del ínclito José Ángel. Ah, la casete y sus confesiones.
Miguel Pérez