La nueva realidad geopolítica ha permitido que dos actores entren en escena. Por un lado, el levantamiento de sanciones a Irán, que ha permitido que el país persa haya recuperado su industria de hidrocarburos, le ha colocado no sólo en el objetivo de inversores de todo el mundo sino también como agente exportador de crudo. A esto se une Estados Unidos que tras 40 años ha decidido retomar su actividad exportadora después de que el Congreso levantara a finales de 2015 la prohibición voluntaria de exportación que existía desde 1973 a raíz del embargo de petróleo que pusieron en marcha los países árabes.

Un cambio de actitud cuyo principal motivo reside en el fuerte incremento de la producción estadounidense gracias a la técnica de la fractura hidráulica.

Ambos hechos han provocado un fuerte cambio en el mercado internacional de petróleo, que está ocasionando un aumento de la oferta de crudo y, consiguientemente, un descenso de los precios.

Cepsa, cuyo 100% del capital está en manos del fondo soberano IPIC (International Petroleum Investment Company), de Abu Dabi, ya ha recibido este año seis buques desde Irán y tres de Estados Unidos siendo una de las escasas compañías que adquiere el crudo en estos mercados, que son interesantes tanto por sus precios como por la rentabilidad de los yacimientos.

En cuanto a las características del petróleo iraní, este se cataloga en el rango medio-ligero y ácido y se utiliza fundamentalmente para obtener los carburantes tradicionales y lubricantes. En cuanto a Estados Unidos, se trata de un petróleo extra ligero y dulce por lo que se puede extraer de él gas, nafta y es parafínico. Para Cepsa es muy interesante por las parafinas y el queroseno, puesto que las tratan y producen benceno, que es la materia prima que en sus plantas petroquímicas usan para producir LAB, la base para la elaboración de detergentes.

Cepsa tiene en la península dos refinerías: la de San Roque y la de la Rábida (Huelva).